Aquel 15 de junio de 2019 se vivió uno de los momentos más emotivos que se recuerdan en Martiricos

Tras el descenso de categoría, el Málaga CF diseñó un proyecto con el único pensamiento de volver cuanto antes a la categoría de oro del fútbol español. Juan Ramón López Muñiz fue el elegido para llevar el timón de la nave malaguista, aunque los resultados y la mala dinámica que llevaba el equipo obligaron a que la dirección deportiva sustituyese al técnico asturiano en mitad de la temporada.

Víctor Sánchez del Amo fue su sustituto, y desde el principio se marcó los siguientes objetivos: Reconducir la situación, potenciar el nivel de sus jugadores más aprovechables, y sobre todo, recuperar el vínculo con una afición que comenzaba a descontentarse con el equipo. El técnico madrileño consiguió todo ello, y clasificó al equipo a unos Play Off a los que se presentaban como los grandes favoritos.

El rival de las semifinales fue un Deportivo de la Coruña que se clasificó como sexto clasificado en la última jornada de competición, dejando atrás a un Cádiz y un Sporting que se quedaron a las puertas. La ida en Riazor no pudo empezar mejor, aunque una segunda parte desastrosa dejó tocado a un equipo que se veía obligado a apelar a la épica en la vuelta de la eliminatoria. Desde que el árbitro señaló el final del encuentro, las redes sociales se inundaron de mensajes positivos y de motivación de una afición que siempre creyó en la remontada.

Sólo 3 días después se disputó aquel encuentro, y la Rosaleda se vistió como en sus mejores citas. El recibimiento al autobús fue un auténtico espectáculo, y desde una hora antes costaba ver un asiento vacío dentro del templo malaguista, algo pocas veces visto en el coso de Martiricos. El ambiente era de primera, el escenario era inmejorable, y la unión entre afición y equipo hacían creer hasta al más pesimista.

La primera parte fue un acoso absoluto de los locales, que desaprovecharon grandes ocasiones para materializar el tanto de la esperanza. El balón no quiso entrar, y el sueño del ascenso se desvanecía. Un gol de Bergantiños acabó con la ilusión malaguista, que lejos de mostrar impotencia, demostró su grandeza y tiró de casta y orgullo para levantar a una plantilla rota y desconsolada por no haber logrado el objetivo de la temporada.

La imagen de Munir saliendo ovacionado por su afición, y la fusión entre jugadores y malaguistas quedará siempre en las retinas de los que tuvieron la fortuna de vivir aquel momento. Desde entonces, aquel no ascenso ha traído una época difícil a la entidad de La Rosaleda, aunque la imagen que se dio al final de aquel encuentro debe servir de ejemplo para volver cuanto antes al lugar que le corresponde a este histórico de nuestro fútbol.

Ignacio Pérez

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